Volver a Poe

Volver a Poe

Me volví loco, con largos intervalos
de horrible cordura.
Edgar Allan Poe

Algunos relatos luego de ser leídos – o escuchados – se meten en lo profundo de nuestro ser, se acomodan, hacen nido y se duermen profundamente hasta que alguna referencia los despierta, los sacude y entonces los recordamos de súbito. O tal vez lo que recordamos no es la historia en sí sino las sensaciones que nos provocó. Suele pasar, por ejemplo, con El almohadón de plumas de Horacio Quiroga: quizás la historia aparezca desordenada en nuestra mente, quizás los personajes se desdibujan en el recuerdo pero sin duda el final, ese final, permanece intacto en nuestra memoria junto con el temor que provocó. 

Pero no vengo hoy a hablarles de Quiroga, sino de Edgar Allan Poe a quien el uruguayo tenía como un gran referente y maestro. Poe es un autor que suele leerse con frecuencia en la escuela secundaria, es una figura que ha sido llevada al cine en muchas ocasiones, sus relatos más famosos aparecen como referencias en series, dibujos animados y canciones, su rostro se reproduce en tazas, remeras y llaveros, a veces va acompañado de un gato negro o un cuervo, animales que supo inmortalizar en sus cuentos y poemas. Por eso, hoy les propongo “volver a leer a Poe”, reencontrarnos con un autor que ha sido determinante para todos los cuentistas que vinieron después y que supo manejar la intriga y el terror como pocos. Si nunca leíste a este autor, quisiera estar en tu lugar, para volver a sentir lo que fue conocerlo. 

El relato que les recomiendo en esta ocasión es uno de los que más me afectó la primera vez que lo leí, que quedó impreso en mi cabeza adolescente y que me empujó de lleno  a un libro de páginas amarillentas que había comprado usado, y que jamás pude entender cómo alguien se había desprendido de él. Historias extraordinarias lleva de título el volumen, y vaya que sí lo son. 

El entierro prematuro (The premature burial) se publicó por primera vez en 1844 en una de las muchas revistas para las que el autor escribió a lo largo de su vida. Este relato – como muchos otros cuentos de Poe – no inicia directamente con la historia en cuestión, por lo que podemos advertir dos partes claramente diferenciadas. 

El narrador de esta historia en el primer párrafo brinda una serie de consejos a los escritores sobre qué temas son convenientes abordar y de qué manera. Esta pequeña lección nos introduce en el tema del relato, que ya se anticipa en el título: el entierro prematuro. Acto seguido se pasa a enumerar una serie de casos reales de entierros de personas vivas que obsesionan y enloquecen al narrador. Sí, porque esto también hay que decirlo: los narradores de Poe suelen ser personajes atormentados, obsesivos y enfermos. Y una vez que conocemos los detalles de estos casos macabros de seres que fueron accidentalmente sepultados, se nos revela la enfermedad de nuestro personaje: la catalepsia, y pasamos entonces a la segunda parte de la historia. 

Abandonando el registro casi periodístico que tiene la primera parte, ahora accedemos al relato en primera persona de un episodio en la vida de nuestro protagonista, cuya catalepsia (trastorno en el sistema nervioso que provoca la pérdida repentina e indefinida de la movilidad y sensibilidad del cuerpo) hizo que el temor de ser enterrado vivo domine cada uno de sus días. Los límites que separan la vida de la muerte son vagos y oscuros, y este personaje lo descubre de la peor manera. 

Son pocas las acciones en esta segunda parte, porque lo que más importa es la atmósfera que se crea, las ideas que se desarrollan, las descripciones de lo que siente el personaje. Si hace mucho que no leés un cuento de Poe, o si nunca lo encaraste, te invito a que leas esta historia que no te va a dejar indiferente. Y si te entusiasma podés seguir  con otras de temas similares como Berenice, La caída de la casa Usher y El barril del amontillado. 

Rocío

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