Susana Esther Soba: “Yo, la belicosa, la contestataria, la provocativa, la desafiante”

Susana Esther Soba: “Yo, la belicosa, la contestataria, la provocativa, la desafiante”

En el Día Internacional de la Mujer, un homenaje a la inmortal defensora de la justicia, de la igualdad, de la honestidad. Enemiga de la hipocresía. Crítica del rol de las mujeres en la sociedad. Amante de la vida y de la libertad. Una artista para descubrir y redescubrir en cada una de sus obras.

Por Milagros Delrieu

Escritora, poeta, ensayista, periodista de opinión, docente, artista plástica, Ciudadana Ilustre, Mayor Notable Argentino; nació en Buenos Aires el 15 de mayo de 1922. Estudió magisterio en la ciudad de Junín y ejerció la docencia en escuelas rurales y urbanas de Saladillo, donde se radicó y vivió hasta su muerte, el día 9 de octubre de 2011. 

Durante más de una década escribió artículos de opinión para el Diario Regional “La Mañana”. También tuvo un espacio radial en “Emisora Saladillo”. Con afianzada conciencia social, no hubo tema que se le escapara: desde la condición de la mujer, el derrumbe de la educación, el combate a la injusticia y la corrupción en todas sus formas, la toma de partido por los más débiles, la sexualidad, la intolerancias, la dependencia cultural, la miopía mental.

“Yo, la belicosa, la contestataria, la provocativa, la desafiante”

Susana tenía una óptica particular del feminismo, una posición en defensa pero al mismo tiempo muy crítica de la mujer: ella sabía que por tantos años de sometimiento, la mujer caía en la frivolidad y no en la trascendencia, en asuntos relevantes. “Yo siempre he preferido la amistad de los hombres a la de las mujeres. En general, ellas son tan poco interesantes, tan chatas, ¡tan prejuiciosas! Aun cuando mastiquen fácilmente la palabra libertad o señalen preocupaciones intelectuales que en la mayoría de los casos, no van más allá del best seller del año o del endiosamiento del psicoanálisis”, relata en su libro, “Una muchacha al desnudo”.

“Decididamente, las mujeres me aburren y me aburrieron siempre, salvo raras y muy queridas excepciones. Por consiguiente, mi amistad se volcó hacia los hombres. Allí, donde el diálogo era parejo. Donde la inmanencia dejaba paso a la trascendencia. Donde la individualidad no era el centro sino el punto de partida para llegar a los otros”. 

Muchas de sus contemporáneas la criticaban y no estaban de acuerdo con sus ideas y acciones. Susana era transgresora, hacía lo que quería de su vida con total libertad, no la dedicó a tener hijos, su concepto de “realización” era otro. “Ocurrían cosas en todas partes ¡Y qué cosas! Guerras. Revoluciones. Huelgas. Miedos. Racismo. Descubrimientos técnicos. Viajes espaciales. Caída de reyes y reyezuelos en lugares remotos, con nombre de leyenda. Explosión demográfica. Hambre. Es evidente que esto no tenía nada que ver con los tapados de piel por los que suspiraban las muchachas de mi pueblo. Ni con los proyectos matrimoniales de cada una. Ni con los torneos sobre quien preparaba la pizza más sabrosa o el bizcochuelo más alto. Ni con las tóxicas novelas de radio y televisión por las que se evadían de una realidad que no sabían ver y que, de penetrarla, ofrecería centuplicada la dosis de misterio y aventura que la pantalla reflejaba”

Pero tiempo después, toda esa discrepancia se fue transformando en admiración; porque fue la que abrió surcos, la que se animó a vivir de otra forma, menos convencional. La que pudo elegir el rumbo de su propia historia, aunque no le faltaron obstáculos en el camino.

Desde chica, Susana sabía que quería dedicarse a la docencia. “Fui la maestra frente al grado. La entusiasta muchacha que dirige, ordena, persuade, convence y conduce a un grupo de alumnos. Los conduce y los ama. Porque jamás pude entender al magisterio sino como un estado de amor”.  

Ese era su mundo, hasta que un día se derrumbó: “Todos fuimos conmovidos por un nombre. Por una fuerza que se adivinaba obscura y temible. Ese nombre y esa fuerza abarcaban todo el país. Era un coronel. Un sargento. Un general. No importaba mucho. Prometía y amenazaba a un tiempo (…) Y con aquel sentido tremendamente heroico e irreversible que asiste a la juventud, decidí incorporarme a la legión de los que también, a todo lo largo y todo lo ancho del país, luchaban para evitar su ascenso al poder”. 

“Me sentía llamada por la historia. Convocada por los dioses del Olimpo. Yo podía ser Edith Cavell, Macacha Güemes, La Delfina o Juana de Arco. Yo creía jugarme por el país. Por el pueblo y el espíritu de mi país. Y en definitiva me jugaba, sin saberlo, por una rara mezcla de intereses, resentimientos, pasiones y equívocos que se escondían detrás de grandes palabras: Democracia. Libertad. Honestidad. Progreso”. 

En el 2014 fueron descubiertas las listas negras de la dictadura militar con respecto a artistas e intelectuales prohibidos, todos de primera magnitud, figurando Susana desde el 9/10/1968, en su carácter de escritora, poetisa y maestra.

Desde aquel momento, con la misma fuerza y firmeza con la que recitaba sus poemas, tuvo que plantarse ante la vida y buscar una forma de llenar el enorme vacío que le provocó su forzado alejamiento de las aulas y de calmar el dolor de la indiferencia de quienes supieron aplaudirla y felicitarla. “Aprendí entonces muchas cosas. Por ejemplo: no creer jamás en los aplausos. Tampoco en los insultos. Saber ser uno. Saber estar solo y aguantarse. Supe el sabor de la derrota, que es bien amargo. Sufrí la humillación de saber que mi compañía era comprometedora en función del miedo de los otros. Era común que me negaran el saludo. Me veía obligada a abandonar mi vida de siempre”.

Fue así que encontró en el arte plástico esa nueva forma de expresarse y de avivar su golpeado corazón. A través de la pintura, las originales esculturas realizadas con chatarra agrícola, objetos y collages, Susana siguió difundiendo sus ideas y su visión del mundo. Luchando contra la violencia de género, deshaciendo la tajante división entre el cielo y la tierra, mostrando la metamorfosis del cuerpo humano.

Se consideraba distinta, señalada, elegida. “Porque todo aquello vedado y reprimido en las mujeres de mi casta, todo lo vencido y mutilado en ellas, digo caminos, vuelos, horizontes, goce, aventura, buscó un día su liberación a través de mi”.

Junto a su marido, Norberto Parrondo, recorrió varios continentes, llevando su poesía y la voz de la mujer argentina a todo el mundo; y trayendo valiosas piezas de arte a su casa, ícono de la ciudad, que fue declarada como “Patrimonio Cultural de Saladillo”, manteniendo tal cual está, continente y contenido, como homenaje permanente hacia ella y a su deseo de perpetuarla en el tiempo para ser disfrutada por las próximas generaciones de saladilleneses; gracias a la Fundación Soba – Parrondo, constituida a tal fin en el año 2007 y legataria de la misma. 

De esos viajes queda su enorme colección expuesta en su hogar, el cual se ha transformado en un espacio de cultura, donde se realizan exposiciones de arte, conciertos, recitales, espectáculos de danza, presentaciones de libros y visitas guiadas. 

Un pasaje, una plaza y una escuela de Saladillo llevan su nombre, así como también un aula de la Escuela de Educación Estética, de la que fue su madrina.

“Me preocupa casi obsesivamente que esto que soy, esto que he sido, que seguiré siendo, es decir, la torturada búsqueda de la verdad. La violenta desazón de la belleza. La visión emancipada de las cosas. La pujanza del grito y la rebeldía del gesto. Todo lo que he recibido. Lo que me han dado. Lo que me han negado. El aplauso y la ofensa. Las lágrimas y la risa. Los dardos y el estímulo. La compañía y la burla. La soledad y la fiesta, no hayan sido vanos”. 

Militante de la vida, desbordada de amor por la naturaleza y el hombre, cargada de ideales de paz, de justicia y de libertad. Hoy su deseo de trascendencia se hace realidad. “Quisiera profundamente que cuando llegue el día de las reivindicaciones. Cuando todos los hombres y mujeres asuman su destino en la plenitud de la responsabilidad y la libertad (…) alguien, no sé, tal vez una muchacha o un muchacho a quien no veré jamás, rescaten del fondo del olvido, en mi pequeño pueblo provinciano, (…) un pensamiento. Una frase apenas. Una palabra mía, todavía viva. Todavía vigente. Todavía actual”. 

“Perseguida muchas veces, celebrada muchas más, participo permanentemente de la ancha y profunda alegría de vivir. Me escudo en ella y ella me protege como el escudo de los antiguos guerreros. Por lo demás, confieso que acabo de nacer. Y que no moriré nunca”.