Sus Satánicas Majestades

Sus Satánicas Majestades

Un recorrido por los orígenes de la banda, el legado vivo y el universo “rolinga” que tanto bien hace a los argentinos.

Por Tomás Pelaia 

El pasito gallináceo de Jagger, el club de los 27, Angelina Jolie, los vaticinios de Los Simpson, Howlin´ Wolf y Muddy Waters, el exilio a Francia, la lengua, la censura, el argentinismo “rolinga”, Yoko Ono, Piratas del Caribe, Anita Pallenberg y el aplauso fuerte a Charlie Watts. Por más extraño que resulte, todas estas cosas tienen algo que ver. Averigüemos qué.

Los cantos rodados

Hablar de los Stones es hablar un poco de todo, no por nada son la banda pináculo del rock. Casi sesenta años de recorrido, giras y discos han arrojado incontables aristas para encarar. Elegir una es como encontrarle el costado a una pelota; como sucede con el mito argentino de la remera “Rolling Stones 79”, todos tienen una explicación distinta.

Si hay un origen para esta eterna oda al rock que ha sido este grupillo de londinenses, ese origen recae en la magia fundacional de Keith Richards y Mick Jagger. Se conocieron en la primaria de Wentworth, cuando no habían pasado tres años de finalizada la Segunda Guerra Mundial, pero se distanciaron hasta la adolescencia. Fue recién el 17 de octubre de 1961 que se reencontraron en la estación de tren de Dartford y comenzaron a masticar lo que más tarde se convertiría en la banda más longeva del rock. Aquel 17 de octubre bien podría ser el día de la lealtad “rolinga”.

Un año más tarde, un tal Brian Jones se unió en calidad de guitarrista y compositor. Fue él quien bautizó a la banda con el nombre que la conocemos: el nombre se le ocurrió tras escuchar una canción del maestro blusero Muddy Waters (junto al que darían un legendario show en 1981 en el Checkerboard Lounge de Chicago). El paso de Jones en esta vida fue lo que generalmente llamamos fugaz y que en el rock llamamos justo e indeleble: murió a los 27 años, el 3 de julio de 1969, cuando aún no había pasado ni un mes desde que había sido despedido de la banda debido a diferencias con Keith Richards, en ese entonces pareja de su ex, Anita Pallenberg. Como la música es tierra fértil para el corazón conspiranoide, no se hicieron esperar las teorías y las fantasías de complot en las que Brian, agente libre de peligrosa influencia, había sido limpiado por las compañías discográficas y por sus antiguos compañeros; aquellos que se relamen entre historias de espías y cuentos de terror, señalan que había contactado a Lennon con la intención de convencerlo de disolver The Beatles.

Jones inauguró a los Rolling Stones y, de camino a la salida, también el tristemente célebre y místico Club de los 27, al que, en menos de dos años, irían a sumarse ilusionistas del calibre de Hendrix, Joplin y Morrison. Si hay una forma correcta de recordarlo, es como lo hace Bill Wyman, quien fuera bajista de la banda entre 1962 y 1993: “Si alguna vez un hombre vivió genuinamente la vida del rock and roll y caracterizó a los Rolling Stones en todos sus aspectos, mucho antes de que los cinco asumiéramos un estilo, ese fue Brian Jones”.

La insoportablemente necesaria comparación con los Beatles

Los Beatles fueron, y son, esa cosa imposible que cambió el mundo de la música en sólo siete años y pico. Los Rollings, como nacidos en el polo opuesto, son la banda activa más longeva. Desde que los tenemos dando vueltas en los oídos asistimos a esa dicotomía épica: los unos o los otros. No sabemos bien porqué, pero corresponden a mundos antagónicos.

Quizás desde que comenzaron a darle forma al rock como hoy lo conocemos es que fuimos sumándonos a esta extraña idea de que van por vías separadas, como si lo único que los uniera fuera una rivalidad. Puesto que todo lo que hemos de representarnos nace de una dualidad (norte-sur, River-Boca, vida-muerte, pastelitos de membrillo-pastelitos de batata), para hacer frente al imaginario de los niños bien de Liverpool hizo falta recurrir a los Stones y al ideal sesentoso del reviente. Ambas bandas ilustran las dos grandes tendencias humanas: las melodías amables, los peinados taza, los trajes y las letras de amor de The Beatles y los riffs sexuales, el estilo desaliñado y la actitud londinense y rebelde de los Rolling Stones. No es de extrañar que cada una generara su propio público, así como no es de extrañar que buena porción del electorado Beatle se sintiera mortificado cuando Lennon salió a confirmar que eran más grandes que Jesús. No es un dato menor que la banda de Liverpool se comparara con Dios, mientras su contraparte capitalina grababa “Their Satanic Majesties Request” (Sus Majestades Satánicas Reclaman), disco que saldría a fines de 1967.

Adrede o sin intención, tanto Beatles como Rollings se han ganado su parte en este combate. Incluso desde lo musical: mientras los Beatles partieron hacia el este en búsqueda de influencias y estacionaron en India en su fase experimental, los Stones siempre fueron hijos transoceánicos del blues negro norteamericano y sólo podían rastrearse las raíces hacia el oeste.

 La rivalidad Beatle-Rolling ha sido más nuestra que de ellos y reside en ese hermoso lugar en el que nos adueñamos de la música y la hacemos un poco bandera. Con esa idea en mente, y antes de que rollingas y beatlemaniacos se salten a las yugulares, Revista Uf! recomienda salir corriendo a escuchar The Dirty Mac, la superbanda que duró un solo día: para sembrar un poco de paz en esta contienda apoteósica, recordemos que en el marco del “Rock n´ Roll Circus” de 1968, Keith Richards y John Lennon anduvieron a los besos. Al menos musicalmente.

La criatura rolinga

Los Stones persisten. Esa es quizás su característica no musical más relevante; se sostienen. Tanto que se han hecho chiste en los Simpson aquella vez que Lisa del futuro vaticinaba una gira de la banda en 2010; si bien no tocaron las pistas ese año, sí lo hicieron los posteriores ocho. Los Stones son la resistencia al tiempo hecha canción.

Pero aún más. Aquí en la Argentina fueron motor de un movimiento musical autóctono que no se ha replicado en ningún otro lado: la subcultura “rolinga”. Desde la aparición de los Ratones Paranoicos en la escena, allá por 1983, el experimento se fue replicando y expandiendo en las zonas más pobres del conurbano hasta constituirse en uno de los faros principales de la identificación de la cultura barrial y popular en los noventa. Con la llegada de The Rolling Stones al país y el estallido final de “Jumping Jack Flash” en un Monumental atestado, el universo rolinga oficialmente dejaba de ser de ellos para ser una parte más del cuerpo argentino: aquel 9 de febrero de 1995 nos robamos del todo el sentir Stone y bien podríamos haber sido felices si el mundo terminaba ahí.

Pero no. Había The Rolling Stones para rato. Línea suficiente como para visitarnos otras tres veces y sobrevivir veinticinco años más en un ambiente musical hostil. En 2020 reeditaron “Goats Head Soup” y Richards anunció que no veía la chance de que la banda se retirara. Aún hay más.

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