Saquemos los maniquíes de la cabeza

Saquemos los maniquíes de la cabeza

En una nueva columna para Uf!, Belén Lambert reflexiona sobre los mandatos de belleza y las múltiples tareas inútiles que se nos imponen.

Por Belén Lambert

Todos los seres humanos nacemos con un cuerpo, pero todos necesitamos que alguien nos ayude a apropiarnos de él. En nuestros primeros años de vida, alguien nos tiene que enseñar a mirarnos en el espejo y reconocer que ese cuerpo que vemos en el reflejo es el nuestro. 

Desde el primer momento estamos mediados por la mirada de un otro, que nos describe como “la más linda”, “el gordito de mamá”, “la chiquita de la familia”, “el grandulón”. Y este proceso de constitución, tan necesario y fundante para nuestra psiquis, nos marca para toda la vida. En el Yo se van depositando miradas, opiniones, adjetivos que nos comparan con cierto modelo. 

El ideal de belleza que se persigue sin cesar en esta época es una construcción social, pero además representa una simplificación de la realidad. Pensemos cuán ordenador resulta pensar en un modelo para todes en vez de abrir a la diversidad de cuerpos que existen en el mundo. Este modelo le sirve a la industria de la moda, que arma “talles únicos” a los que tenemos que ajustarnos. A quienes hacen castings de espectáculos, que muchas veces eligen más allá del talento. A aquellos que nos recomiendan múltiples dietas y ejercicios con los que hay que cumplir para ser saludable, pero muchas veces quedan en un lugar de imposición más que de elección y disfrute. O a las empresas de estética, que logran vendernos productos para tapar las canas y reducir las arrugas. 

Ser lindo aquí y ahora es ser joven, es ser delgado y es ser exitoso. La rueda del consumismo gira sin parar, y somos nosotres quienes tenemos que aplicar estos múltiples “tips” para pertenecer, para sentirnos valorados, amados quizás. 

Pero además, y como si la rentabilidad de las grandes corporaciones fuera poco, para reforzar la validez de estos estereotipos se suele recurrir a la biología y a la naturaleza, que definirían lo que es aceptable para un cuerpo invisibilizando e incluso marginando todo aquello que no encaje en la norma. En algún momento se consideró bello tener esos “rollitos” que hoy se busca eliminar a toda costa, y esto es constatable en las obras de arte de otras épocas. Ahora, los “kilitos de más” siempre quedan asociados a alguna falla, enfermedad o defecto que nos quitaría posibilidades. 

En relación a estas reglas entra nuevamente en juego lo sexogenérico. Horas y horas de gimnasio para que los varones tengan músculos grandes y para que las mujeres se mantengan siempre delgadas. Cientos de barberías para poder lucir barbas viriles y peluquerías para tapar las canas que quedan “poco femeninas“. 

En este mandato que aun persiste, pareciera que el sexo biológico y/o los genitales determinarían qué cuerpo tener, cómo vestirse, qué colores usar, de quién enamorarse. La propia representación de nuestros cuerpos, nuestros sexos y nuestros géneros hacen a la identidad de cada uno, y entonces se hace muy difícil habitar versiones propias cuando los modelos hegemónicos que se propagan aparecen como los únicos válidos y deseables.

Todavía quedan muchas batallas, pero podemos hablar de algunas victorias. Por ejemplo, en Argentina, hace poco tiempo llegamos a la sanción de la Ley de Talles. A través de la medición antropométrica de los cuerpos de nuestra población, ahora se podrá armar una nueva escala unificada de talles que nos permitirá elegir lo que nos queda cómodo y bien. El fin de la lucha será cuando realmente podamos empezar a respetarnos entre todes y a respetar nuestros propios cuerpos para disfrutarlos y cuidarlos tal cual son.