Pink Floyd, entre la ausencia y la locura

Pink Floyd, entre la ausencia y la locura

Hoy 12 de septiembre se cumple un nuevo aniversario del lanzamiento de “Wish You Were Here” y no dejamos pasar la chance de revisitar uno de los discos más influyentes de la historia.

Por Tomás Pelaia

Cabe reseñar álbumes cuando les llega alguna de las bodas; las de plata a los veinticinco años, o las de oro a los cincuenta. El año pasado, el disco debut de la cantautora Joan Báez alcanzó las bodas de diamante y “The Who Sings My Generation” de los who, las de esmeralda. Así suele hacerse. La cuestión es que Pink Floyd siempre ameritó una vara distinta. Es por eso que, corridos por el esquema móvil que ha sido Syd Barrett, hacemos un poco caso a la locura y festejamos “Wish you Were Here” a 46 años de su edición. 

El arte de tapa

“Wish You Were Here” es el noveno álbum de estudio de Pink Floyd. Basta con ubicarlo cronológicamente para descubrir que nos hayamos en uno de los momentos creativos más grandes de la historia: El disco está precedido por “The Dark Side of the Moon” y sucedido por “Animals”. Pasó Michelangelo Buonarroti y se quedó a ver qué pasaba. Si hay una Capilla Sixtina de la música, se la puede encontrar en la discografía de Floyd entre 1973 y 1977.

Se pueden aseverar al menos tres cosas con respecto al disco, y todas tienen que ver con las temáticas: este álbum conceptual aborda la ausencia, la locura y el desencanto con la industria musical. Perfecto. Ahora, ¿qué hacemos con esto? ¿Corremos a romantizar el deterioro de Syd Barrett? ¿Seguimos sosteniendo que “Wish you Were Here” es una canción de amor? Para eso está Wikipedia.

La verdad es que todo el imaginario que nace del disco tiene algún tipo de asidero en la realidad, pero ni por asomo las cosas son como nos las construimos. Tachame la doble: la portada del disco es una foto tomada en los estudios de la Warner Bros. por el diseñador gráfico inglés Storm Thorgerson, quien se hiciera cargo también de la icónica portada de “The Dark Side of the Moon”. En la imagen, deliberadamente simétrica, Ronnie Rondell y Danny Rogers (ambos productores de Hollywood) se dan la mano. Uno de los dos está enteramente prendido fuego. En el acto simbólico de estrechar las palmas, el ambiente cinematográfico y la cuestión dual de la simetría es que reside la crítica a la industria musical: por donde se lo mire, en la portada hay alguien haciendo un pacto con el diablo.

Por otro lado, se podría decir que la locura también queda ilustrada en el arte de tapa: en el costado derecho, la foto ha quemado parte del borde blanco que la rodea, como si los límites se volvieran difusos y cuestionables. La rotura de los marcos, el exceso y la caída en el caos son algunas de las señales visuales con las que Floyd hace un guiño a la locura.

Pero vayamos todavía más lejos: “Wish You Were Here” es el primer álbum de la banda en contar con figuras humanas que no son ellos mismos. La ausencia de un vínculo  entre los miembros de la banda y efecto de la salida de Barrett se dibujan en el contacto hostil de las figuras de la portada. Llegamos a un punto del análisis en el que, sin quererlo, entramos de cabeza en el terreno conspiranoide. ¿Por qué? Porque la banda lo amerita, lo requiere; el punto mismo del acto musical de Pink Floyd es que no se remiten únicamente a un acto musical: la banda ha construido un producto artístico que no queda limitado únicamente al contenido sonoro. Floyd es un extraño cúmulo de magia que se embebe del ser político de Roger Waters, de la mística existencial de David Gilmour y de la figura inexplicable que ha sido Syd Barrett (que ha influenciado a talentos épicos del glam rock como David Bowie y Marc Bolan). Y nosotros, simples mortales, en el acto desesperado por comprender lo que no se puede comprender, no podemos otra cosa que desvivirnos en complots, mitos y sobrelecturas.

La música

El disco se extiende durante 44 minutos y 24 segundos. Tiempo suficiente para ver los cinco primeros goles que le hizo Alemania a Brasil en 2014. O para ver dos capítulos enteros de Los Simpson, preferentemente de las viejas temporadas. Alcanza para poner una carga al lavarropas o para ir de Capital hasta La Plata en coche. Un dato científico: si dios creó el mundo en seis días y la tierra tiene 510 millones de kilómetros cuadrados, eso quiere decir que en esos 44:24 minutos tuvo tiempo de crear un espacio equivalente a la superficie Argentina. (El séptimo día descansó, dicen, escuchando “Wish You Were Here”).

Las primeras cinco partes de “Shine On You Crazy Diamond”, porque el disco está escrito casi como una ópera, abren el álbum y las siguientes cuatro, lo cierran, dándole al producto final una forma circular. “Welcome to the Machine” aborda a las claras la disconformidad con el universo discográfico. “Have a Cigar” contó con la participación del cantautor Roy Harper en las voces, y “Wish You Were Here”, que da nombre al disco, quizás sea la canción que más encendedores ha prendido en la historia.

Y eso es todo cuanto debe decirse con respecto a canciones autónomas; existen blasfemias en este mundo, y después está escuchar los temas de Pink Floyd en diferido al disco que las contiene. Cada una de las partes componentes aportan alguna grandeza particular al producto. Pero, como ha sucedido siempre con la banda, la totalidad se construye como algo mayor a la suma de las partes: hay un componente holístico en la escucha y composición íntegra que no se puede apreciar si se segmenta. Es por eso que “The Dark Side of The Moon” es una historia completa si y solo si se la recorre entera. Hay temas que emergen más independientes (como la balada “Wish You Were Here” o el clásico “Money”), pero los álbumes conceptuales, y sobre todo los de Pink Floyd, requieren una escucha total.

Un disco dedicado a la ausencia y la locura

Es célebre la visita de Syd Barrett a los estudios de Abbey Road en Londres el 5 de junio de 1975. Barrett se apareció mientras la banda cerraba la mezcla de “Shine On You Crazy Diamond” y se preparaba para salir de gira por Estado Unidos. Quizás la parte más triste de la anécdota sea que no lo reconocieron; había subido de peso y se había afeitado la cabeza y las cejas (aspecto que referenciarían luego a través del personaje principal de “The Wall”, Floyd Pinkerton). Barrett, que tenía serios problemas con las drogas y había sufrido un colapso mental, vivía recluido, y aquella visita de 1975, cuenta la leyenda, fue la última vez que los miembros de Pink Floyd se reunieron con su fundador. El perfil psicológico de Barrett es todavía un misterio de esos que a la gente le gusta intentar resolver. Pero no es la verdadera razón por la que merece ser recordado.

Si bien las letras estaban terminadas, la presencia de Barrett fue un signo que marcó el álbum entero y se volvió indisociable para con la idea que nos hacemos del disco: si hablamos de “Wish You Were Here”, hablamos de Syd Barrett. En su periplo hacia lo que los cuerdos llaman locura, dejó un aviso lírico de su partida cuando escribió en “Jugband Blues” (1968) que se iba hacia otros planos mentales (“I´m not here, “no estoy aquí”). No es descabellado imaginar que es a él a quien se refería Roger Waters cuando reclamaba un regreso con el nombre del álbum (“desearía que estés aquí”).

Barrett murió en 2006 y dejó un cúmulo de influencias regadas por el rock. Fue miembro fundador de Pink Floyd y el motor emocional de uno de los discos más grandes de la historia de la música, “Wish You Were Here”, que hoy cumple 46 años.