“Los sonidos de la naturaleza” por Cintia A. Morrow

“Los sonidos de la naturaleza” por Cintia A. Morrow

Es curioso las cosas que uno se acuerda de los viajes. A veces no tienen nada que ver con los paisajes, ni con los monumentos. A veces son solo eventos. Uno podría preguntarse si era necesario irse lejos para crear esos recuerdos. Y sí, lo era. Porque lejos, suceden cosas, y de vacaciones, tenemos otra actitud. Prueba de ello, es uno de mis recuerdos favoritos:

Sucedió en Merlo, San Luis, República Argentina. Yo tendría 19 años y estaba de vacaciones de verano con mi familia. Mi marido (al que doy en llamar Monsieur Aleyo, ahora que vivimos en Francia) estaba en España con su familia, como todos los veranos, y yo sufría desamor y abandono y rechazo a todo lo que no fuera mi novio. Qué adorable. No, en serio estaba insoportable.

Acompañados de mi estado de ánimo, mi familia y yo nos embarcábamos cada mañana en una caminata por el bosque, subiendo una colina que había en los alrededores del hotel. Un día, mi madre escuchó unos ruidos extraños. Con espíritu aventurero y el arrojo que da la ignorancia, se adentró un poco entre los árboles para investigar. A lo lejos, se escuchaban los sonidos como de un animal herido. Mi padre y mi hermano puede que hayan sospechado el origen de esos sonidos, porque intentaron frenarla. Pero mi mamá es una fuerza de la naturaleza y estaba decidida. Allá fue. Y se encontró a escasos metros de un hombre (un hombre de bien que, realmente estaba en el extremo más alejado del patio de su propia casa) que se había entregado en cuerpo y alma a la actividad recreativa más antigua del mundo. Mi mamá pegó un alarido y volvió en un sprint olímpico esquivando árboles. Nunca la vi correr tan rápido. Mi hermano y mi papá se descostillaban de risa. Y yo, en mi estado melancólico, recuerdo haber pensado en ese pobre hombre, que había tenido que escapar de su propia casa para poder ponerle el volumen que merecía a su esparcimiento. Sonaba como un animal herido porque lo era. Ojalá no se haya asustado de mi madre.

Mientras escribo estas palabras, me río como aquel día. Se ve que los recuerdos de viajes familiares, no se eligen. Créanme que, si había algo en lo que no pensaban mis padres cuando nos llevaron aquel verano hacia el idílico microclima de Merlo, era que mi recuerdo más feliz iba a ser la huida de mi mamá de un auto-depredador sexual en el bosque.  

Por Cintia A. Morrow – @cdecintia