¿Los hombres son o se hacen?

¿Los hombres son o se hacen?

En esta nueva columna, Belén Lambert reflexiona sobre la identidad de género, las elecciones y las masculinidades. 

Por Belu Lambert

En nuestro país, desde hace un tiempo, podemos elegir nuestra identidad de género y definirnos como “mujer”, como “hombre”, o no definirnos por uno u otro. Esa elección no se genera en un vacío, y tiene múltiples costos emocionales que todes debemos afrontar. 

Para comenzar, es necesario aclarar que el Orden Sexual es algo establecido. Es decir, no nos constituímos como mujeres, como varones o como no binarios de forma “natural”, porque nacemos con los signos biológicos de uno u otro sexo. Muchas personas pueden construir una identidad de género que no coincide con sus órganos genitales, pero además circulan modos de ser mujer y de ser hombre “correctos” para cierto momento histórico y cultural. Así, se van configurando “tipos ideales, partiendo de las diferencias sexuales anatómicas que presentan una correspondencia entre cuerpo y género, y las prácticas, pensamientos y deseos acordes a estos, y que se asimilan como si existieran desde el principio de los tiempos.

Para irnos a lo práctico, pensemos en el ordenamiento sexual de la Modernidad, surgido alrededor de la división del trabajo: el hombre que debía salir a trabajar al espacio público, la mujer que debía quedarse a cuidar de los hijos y del hogar. Así es como fue creciendo la idea del hombre fuerte, que no podía enfermarse ni podía demostrar debilidad o dolor; el hombre que debía ser sustento de su familia; el hombre que debía arreglar los conflictos a los golpes porque “los hombres no lloran”; el hombre que debía acumular experiencias sexuales con distintas mujeres para poder encajar en su grupo de amigos; el hombre que medía su virilidad en logros deportivos, crecimiento económico o ascenso social. A través del tiempo, se formó un “mandato de masculinidad”, al decir de Rita Segato, con el que todo hombre debía cumplir para ser reconocido como tal, y que debía ser validado entre sus pares varones. Este modelo fue transformándose en el único y verdadero por su funcionalidad al Capitalismo, al cual le sirve tener personas que se dediquen a trabajar como máquinas y no a sentir, a crear o a pensar por sí mismas. 

De acuerdo con estas exigencias sexo-genéricas mencionadas, cualquier amenaza a los valores de masculinidad puede ser vivenciada como un ataque a la propia identidad de los hombres, y la forma de defenderse es ejerciendo dominio y desvalorizando a les otres, muchas veces por medio de la violencia. En la actualidad sigue circulando este mandato, pero los varones no pueden responder actuando como “sostén”. Ya no alcanza con un solo salario; la mujer de la casa quiere salir a trabajar; la competencia económica es más feroz y despiadada; no hay tiempo para tantos viajes, objetos materiales, citas románticas y éxito profesional que habría que conseguir para “ser feliz”. También hay hombres que eligen otros roles y pueden ver a las mujeres como pares que tienen su propio proyecto de vida. 

En este difícil camino de luchar contra la violencia y de lograr una equidad entre los géneros, también nos toca aprender a mirar y a dialogar con los varones. Ellos deben poder cuestionar estas reglas viriles que reproducen aunque perdieron validez y sentido, deben abrirse a la incertidumbre de adoptar nuevos modelos y ocupar nuevos lugares en la sociedad, deben aprender a conectar con lo que sienten y expresar sus emociones de formas menos hostiles y atacantes, más ligadas al amor y la ternura. La empatía vale para todes, y el cambio se genera contemplando las distintas aristas del sufrimiento.