La salud mental sobre el tapete

La salud mental sobre el tapete

Abro el cajón de la mesa de luz y allí reposando está mi pasaporte. Después de 5 años sin tomarme vacaciones y muchas dudas, decidí que esos ahorros bien merecían un viaje. El tan ansiado documento llegó los primeros días de marzo del 2020, el resto como sabemos es historia. Mi pasaporte sigue sin ningún sello y uso, y ni miras de poder ser usado. La incertidumbre se apoderó del escenario mundial, y cada universo personal se vio afectado a diversas escalas.

Un aluvión de emociones de diferentes características nos sacudió a todos a lo largo del año pasado. Miedo, desconcierto, dudas, ansiedad, insomnio, hartazgo, descreimiento, teorías conspirativas, sobreinformación, cambios en las rutinas de vida y alimentación. No creo que exista alguien en el cual el confinamiento o sus vicisitudes no le hayan afectado de una manera u otra.

La salud mental volvió a estar en la agenda, primero, asomando tímidamente; luego, con toda la furia. El tiempo a solas obligado nos llevó a replantearnos muchísimas cosas. Después de horas de series, lectura, trabajo en casa, cocinar, o cualquier actividad que emprendimos durante ese lapso, en algún momento sólo quedó lugar para encontrarnos con nosotros mismos y nuestros fantasmas. Fue un click gigante para muchísimas personas.

Por fin, la salud emocional empezó a posicionarse junto a la salud física, algo que si bien evidente, necesitó de una pandemia para lograrlo porque, seamos sinceros, sigue existiendo un velo de prejuicios en lo que respecta a la salud mental, y los psicólogos y psiquiatras, en gran medida, siguen siendo considerados para los “locos”.

El impacto emocional del COVID-19 se hizo sentir de diversas maneras en las personas. Quienes ya presentaban sintomatología depresiva o ansiógena vieron un empeoramiento de los síntomas, y aún más alarmante, las estadísticas marcan que la tasa de quienes no los presentaban se disparó significativamente. 

Para darnos una idea, los especialistas estiman que los casos de depresión aumentarán por encima del 20% a nivel global en los próximos meses. Actualmente, 300 millones de personas padecen de este trastorno, que representa la mayor causa de incapacidad en el mundo.

El ser humano es un ser social por naturaleza y el confinamiento trajo aparejado una interrupción de lleno en esta esfera. Si bien la virtualidad facilitó el contacto, e incluso hubo más videollamadas y contacto por redes o sistemas de mensajería, la afectación de lo cotidiano; verse, abrazarse, compartir un mate o un café, caló hondo en la psiquis de muchos sujetos. Y, además, en cuanto al establecimiento de la virtualidad como método predilecto de trabajo o estudio, trajo aparejado serias dificultades, menor capacidad de concentración o sobreexigencia en el trabajo, por nombrar algunas. También marcó una nueva grieta, sobre todo para aquellos que no contaron con acceso a Internet, y para los adultos mayores, que quedaron por fuera del sistema, dejando en evidencia la necesidad de recursos y conocimientos para todos los estratos de la sociedad, tanto a nivel etario como social. No hubo tiempo para prever que algo así podía suceder.

Si bien el COVID atrajo muchísimas consecuencias negativas, vino a enseñarnos acerca de la resiliencia, esa capacidad única con la que cuenta el ser humano para salir fortalecido de situaciones adversas. Cada uno librando su propia batalla, con avances y retrocesos, y tras el shock inicial ante la pérdida de control de muchas situaciones que creíamos “aseguradas” (económicas, laborales, académicas, sociales, entre otras), la capacidad camaleónica y adaptativa de muchos sujetos se puso a prueba y nos hizo ver que podíamos seguir adelante.

No todo está perdido si podemos decir que hemos aprendido algo, más allá del dolor o sufrimiento que puede haber ocasionado. Las marcas y cicatrices personales son, en última instancia, las que nos hacen únicos. Hemos redescubierto la importancia de pasar más tiempo con aquellos que queremos, animarnos a cumplir sueños, cuestionarnos el trabajo que realizábamos, el modo de relacionarnos. Una pandemia nos puso contra las cuerdas pero le estamos dando pelea.

La importancia de la salud mental fue expuesta una y otra vez, y muchas personas se animaron a empezar a consultar, a romper esas barreras mentales impuestas por mandatos sociales que muchas veces reproducimos sin saber bien de qué van. El exceso de tiempo libre colaboró a que se tomara contacto con las emociones, miedos, incertidumbres y ansiedades que muchas veces buscamos tapar con el exceso de actividades diarias. Tomar contacto con uno mismo ayuda a conocernos, contactar con nuestras “sombras”, y poder aprender a resignificar aquellas situaciones displacenteras para acomodarlas a nuestra historia, adquirir herramientas nuevas que nos ayuden a enfrentarnos a aquello que no nos gusta y que podemos empezar a utilizarlas en varios ámbitos de nuestra vida. Cambiar uno para que la realidad cambie.

La moraleja que puede desprenderse de todo esto es la siguiente: sólo ESTE momento es real. Más allá de los planes, sueños, aspiraciones o ambiciones que tengamos (que no está mal tenerlos), todo puede cambiar en un segundo. Pero si aprendemos a disfrutar el hoy, sin preocuparnos por lo que sucederá mañana (que como vimos puede ser totalmente impredecible), aprenderemos a vivir mejor. A estar más presente y en contacto con lo que hacemos, a acallar un poco los pensamientos que desfilan sin cesar en nuestra mente. 

Podríamos decir: estamos acá y sobrevivimos. La magia consiste en saber que podemos reinventarnos las veces que sean necesarias, tenemos historial en eso, podemos usar a esta experiencia para entender que las cosas más simples de la vida son las que más nos llenan de satisfacción; compartir con familiares o amigos, dedicarnos tiempo de calidad para hacer algo que nos guste, redescubrir viejas pasiones o sueños olvidados, retomar ese libro que se dejó por la mitad, aprender a amar nuestros espacios y hogares, llenarlos de nosotros. 

Respirar profundamente, hacer ejercicio, conectarse con cosas simples como el contacto con el pasto, el sol dándonos en la cara, los pequeños momentos de felicidad que damos por sentado. Hacer de este tiempo un paréntesis,  para cuestionarse, reencontrarse y sobre todo encontrar un nuevo camino a seguir.

Lic. Carla E. Korol 

Mat. N°: 1880