Janis Joplin y la verdadera forma de la belleza

Janis Joplin y la verdadera forma de la belleza

En el aniversario de su muerte, nos tomamos un rato para descifrar a una de las guerreras más fieras del soul y hacemos un pequeño recorrido por la vida de la “bruja cósmica”, desde su infancia en Texas hasta el club de los 27, las polémicas sobre su muerte y la eternidad.

Por Tomás Pelaia

Un poquito de historia

Janis nació el 19 de enero de 1943 en Port Arthur, Texas, Estados Unidos. Fue consumidora musical de grandes cantantes afroamericanas, como Odetta, Big Mama Thorton y Bessie Smith. Estudió bellas artes y, en 1963, se mudó a San Francisco, donde se sumó a la banda Big Brother and The Holding Company. En 1968 fundó The Kozmic Blues Band. Murió el 4 de octubre de 1970, cuando se encontraba componiendo “Pearl”, una obra maestra del soul. Veintisiete años le alcanzaron para convertirse en la primera estrella de rock femenina.

Canción sobre su muerte

A todos, Janis Joplin nos ha entrado por el oído. Probablemente, a través de esa desgarradora lírica que ha sido el célebre grito de “Cry Baby”, que ha recorrido el camino más corto y directo hasta nuestro pecho musical. Pero a muchos de nosotros se nos ha señalado, casi inmediatamente después, como si de un subtexto de su persona se tratara, que murió de una sobredosis de heroína motorizada por una depresión que se apoyaba sobre una compleja autopercepción física. En castellano, citando una frase que más de uno habrá oído, que “se mató porque era fea”. Hay mitos y burradas en el mundo del rock, pero esta quizás sea una de las más estrambóticas.

Así como ha sucedido con Kurt Cobain, la respuesta más obvia de todo el costado negativista de la sociedad fue que la responsabilidad de su muerte recaía en una compleja visión de un mundo personal. En el acto mismo de señalar que su muerte se debía a su nivel de belleza, la incumbencia quedaba reducida a ella y sólo a ella. Una espectacular lavada de manos.

La realidad concreta con la que se nos figura la muerte de Janis es que, por fuera de la música, ha vivido en un mundo hostil. Una de sus frases más conocidas lo ilustra a la perfección: “En el escenario le hago el amor a 25.000 personas diferentes. Luego me voy sola a casa”. Los que no afinan un Do en la ducha se apuntan primero para señalar con qué y cómo debió haber vivido una de las cantantes más grandes de la historia. El mundo es ciertamente bizarro a veces.

Janis Joplin emergió de un ambiente familiar conservador, tradicional para la época, y transitó su escolaridad en un terreno de hostilidad constante. 

Es importante entender que no se puede reducir todo el episodio de su muerte al aspecto estético, y que la visión dolida con respecto sí misma no es un lujo psicótico que se dan los padecientes, sino el producto de años ininterrumpidos de Bullying y la exposición constante a la batería de consideraciones con las que la sociedad construye ideales de belleza y castiga todo aquello que no se atenga a sus cánones estéticos. Asistimos al “circo del atractivo” más de una vez; ¿Quién no ha escuchado a alguien señalar que Freddie Mercury debería haberse arreglado los dientes o que Lemmy Kilmister, de Motorhead, debería haberse quitado la verruga de la cara? Freddie no fue menos Freddie por su dentadura y, es evidente, la cirugía estética no hubiera afectado para nada en cómo Lemmy tocaba el bajo; al final, de lo único que se trataba era de la inútil intervención sobre el cuerpo ajeno.

Janis Joplin, la “dama blanca del blues”, firmaba y ponía corazones arriba de los puntos de las ies; los que corren a defender lo socialmente establecido, suelen perder de vista las cosas más importantes. La partida de Janis Joplin fue testimonio de eso.

Las cosas más importantes

Y pensar que nos seguimos replanteando las muertes de nuestras figuras más potentes; las de Jim Morrison, Brian Jones y Jimi Hendrix, las resignificamos, las mitificamos. Las de Lennon, Marilyn Monroe y el Diego las romantizamos, revisamos la fantasía para ver si en algún universo paralelo siguen tocando la guitarra, la pelota o los pliegues del vestido. Como si fuera poco, cuando no nos sacian ni los anacronismos, terminamos armándonos conspiraciones en las que Paul McCartney murió y ha sido reemplazado por un doble llamado Faul McCartney, que se pasea descalzo por las tapas de “Abbey Road”. Es por eso que Janis ocupa otro lugar. Porque no hubo, quizás, figura más distinta que la de ella. Es por eso, también, que mientras entre los locos se parten la cabeza acusándola sobre su muerte, nosotros festejamos su voz y toda esa música que vino a regar en tan solo 27 años.