Identidades autopercibidas

Identidades autopercibidas

Por Matías Quintana

Cuando hablamos de identidad de género, damos cuenta de una larga batalla ganada actualmente en el marco legal, pero también refiere a una importante toma de conciencia por parte de la sociedad, que aún tiene un largo desafío por delante. A casi una década de haberse sancionado la Ley de Identidad de Género 26.743, el 9 de mayo de 2012 en nuestro país, quienes difieren de la historia binariamente establecida, intentan vivir su identidad de la manera más plena posible.

Remitirnos a la historia, de alguna manera, nos permite entender la construcción social que se ha hecho acerca del sexo y del género. En ese campo, y a través del devenir de la cultura, es que podemos analizar cómo a través del sexo ha sido asignado arbitrariamente el género, independientemente de cómo se autopercibieran las personas, habiendo marcado el devenir de muchas vidas.

Resulta importante entender los conceptos de orientación sexual e identidad de género sobre los que tantas discusiones han existido y encontramos hoy. Mientras el primer término refiere a la capacidad de cada persona de sentir atracción afectiva y sexual hacia otra del mismo o cualquier género y que históricamente han intentado imponer de forma binaria, el segundo alude a una vivencia interna tal como cada persona lo siente, la vivencia personal del cuerpo, una construcción cultural y social, donde prevalece la experiencia singular en la que no solo interviene el cuerpo sino también los modos y las formas de expresarse libremente elegidos. 

Los antecedentes que rigen para los debates y decisiones actuales respecto a la identidad de género se basan principalmente en los denominados “Principios de Yogyakarta”. Se conoce así al documento donde se detallan los principios legales internacionales respecto a la orientación sexual e identidad de género, cuyas pautas intentan garantizar el alcance universal de los derechos humanos para las Naciones Unidas y los diferentes gobiernos. El texto fue elaborado por un panel internacional de especialistas en legislación internacional de derechos humanos que se reunieron en el año 2006 en la ciudad de Yogyakarta, en Indonesia.

En el inicio del informe, las y los especialistas expresan su preocupación por el sufrimiento de las personas en todas las regiones del mundo respecto a la violencia, discriminación, exclusión, estigmatización y prejuicios debido a su orientación sexual o identidad de género; y dan cuenta de que esas experiencias se ven agravadas por la discriminación basada en el género, raza, edad, religión, discapacidad, estado de salud y posición económica. También exponen por qué esa violencia, discriminación, exclusión, estigmatización y esos prejuicios menoscaban la integridad y dignidad de las personas que son objeto de estos abusos, podrían debilitar su sentido de estima personal y de pertenencia a su comunidad, y conducen a muchas a ocultar o suprimir su identidad y a vivir en el temor y la invisibilidad. 

Legislación Argentina

El 9 de mayo de 2012 fue sancionada en nuestro país la ley 26.743 que consagra el derecho a la identidad de género. Esta ley establece en su artículo primero que toda persona tiene derecho al reconocimiento de su identidad de género, al libre desarrollo de su persona conforme a su identidad de género, a ser tratada de acuerdo con su identidad de género y, en particular, a ser identificada de ese modo en los instrumentos que acreditan su identidad respecto a el/los nombre/s de pila, imagen y sexo con los que allí es registrada. 

El marco legal argentino también establece el libre desarrollo, donde toda persona mayor podrá gozar de una salud integral al acceder a intervenciones quirúrgicas totales y parciales y/o tratamientos integrales hormonales para adecuar su cuerpo, incluida su genitalidad, a su identidad de género autopercibida, sin necesidad de requerir autorización judicial o administrativa. Además, la ley establece que toda persona podrá solicitar la rectificación registral del sexo, y el cambio de nombre de pila e imagen, cuando no coincidan con su identidad de género autopercibida. 

El reconocimiento del derecho a la identidad de género pone en valor derechos fundamentales como la dignidad, la igualdad y la libertad que también deberían conllevar al respeto y la no discriminación. Los Principios de Yogyakarta dan cuenta de su preocupación por el sufrimiento que padecen las personas por motivos de género, discriminación, estigmatización y exclusión que menoscaban su dignidad e integridad. 

La artista Florencia De La V, quien es Embajadora Cultural del INADI y columnista en Página 12, en marzo de este año publicó un artículo sobre la experiencia que vivió durante su transición y contó lo difícil que fue hacerlo y los riesgos que conllevaba tomar esa decisión. Entre otras cosas, reveló que los precios eran sumamente altos y que, sin embargo, estaba dispuesta a perderlo todo por tomar ese camino. No solo la familia o lxs amigxs, sino también la propia vida. 

En el mismo artículo, Florencia recordó: “En ese momento yo sentía que quería ser mujer y no era la única. Casi todas las travestis pensábamos igual. Sin información ni referentes o pares en quien inspirarnos, toda nuestra construcción era la de una mujer cis binaria. Con el tiempo descubrí otra manera de encontrarme más acertada con lo que siento: ni mujer, ni heterosexual, ni homosexual, ni tampoco bisexual. Soy una disidente del sistema-género, mi construcción política en esta sociedad es la de travesti de pura cepa. Es lo que soy y lo que quiero y elijo ser”.

En todos estos años, hemos logrado pasar de tener que solicitar judicialmente una identidad autopercibida y que una autoridad legal decidiera sobre ella, al ejercicio libre y pleno de ese derecho, a menos en términos legales. Más allá de estos reconocimientos y aceptaciones, queda mucho camino por recorrer (aún en materia de derechos) y se hace imprescindible el deseo de que la sociedad toda pueda hacerse eco de estas grandes conquistas y que todas las luchas que se han llevado a cabo y las vidas que se han perdido generen una sociedad más justa e igualitaria, donde cada persona pueda definirse de manera singular, de acuerdo a lo que siente y vivir más plenamente.