Ese infierno del que nadie escribe

Ese infierno del que nadie escribe

Cuando me enamoro de mis compañeritos de escuela, rezo para que me vean como una nena. Cuando comienzo a florecer, rezo para que las tetas me crezcan durante la noche, para que mis padres me perdonen, para que me nazca una vagina entre las piernas. Pero no. Entre las piernas tengo un cuchillo: esto es “Las malas”, de Camila Sosa Villada, una novela que desde que se publicó en 2019 no ha dejado de cautivar a sus lectores y de ganar popularidad y reconocimiento, llegando a obtener en 2020 el premio Sor Juana Inés de la Cruz.

A modo de sentencia, predicción y deseo Juan Forn escribió en el prólogo que “Las malas” es esa clase de libros que cuando terminamos de leer, queremos que lo lea el mundo entero, y así sucede. No conozco una sola persona que lo haya leído que pueda decir lo contrario. Corre de boca en boca, de mensaje en mensaje: “¿ya leíste a Camila Sosa Villada?, ¡Tenés que leer esa novela!”, es un libro que subrayás hasta el cansancio, que tiene una historia y un estilo tan particular que hace que quieras compartirlo hasta el cansancio, por eso hoy les escribo.

La historia comienza con un grupo de travestis que hacen su ronda habitual por el Parque Sarmiento de la ciudad de Córdoba. La noche y los árboles son sus mejores amigos, las amparan y las protegen. La Tía Encarna a la cabeza dirige el aquelarre.  Pero lo que iba a ser una noche más de trabajo se transforma en un camino sin retorno, porque entre el frío y el vaivén de los coches La tía Encarna agudiza su oído y escucha un llanto, se deja guiar por su instinto y llega hasta una zona apartada del parque, y entre canaletas, mugre, yuyos y espinas encuentra un niño, un bebé de apenas unos meses que grita para mantenerse con vida. Tía Encarna no duda ni un momento: lo saca de entre los matorrales, lo mete en su cartera y se lo lleva para su casa. Sus vidas ya no volverán a ser las mismas: la infancia y las travestis juntas es algo que la sociedad no puede tolerar.

Pero esto es recién el inicio, a medida que pasan las páginas conocemos también la historia de Camila, la voz narradora. Nos adentramos en su niñez, su familia, su adolescencia, su pueblo, su llegada a la capital, su vida como estudiante de día y travesti de noche. Las dos historias, presente  y pasado, se entrecruzan en capítulos donde la prosa destaca tanto por su tono de denuncia como por su lirismo.  

Esta novela que mucho tiene de lo que Camila Sosa Villada vivió, nos permite detenernos a cuestionar el concepto de experiencia en relación con el ejercicio de la escritura, y por lo tanto los cuerpos cobran un rol fundamental ya que son los que cuentan la historia. Cuerpos que se presentan como disruptivos, no normativos, y como espacios de violencia física y simbólica, que habitan ese infierno del que nadie escribe. O del que ya nadie escribía, porque ahora Camila Sosa Villada se plantó firme, y alzó su voz: Si alguien quisiera hacer una lectura de nuestra patria, de esta patria por la que hemos jurado morir en cada himno cantado en los patios de la escuela, esta patria que se ha llevado vidas de jóvenes en sus guerras, esta patria que ha enterrado gente en campos de concentración, si alguien quisiera hacer un registro exacto de esa mierda, entonces debería ver el cuerpo de La Tía Encarna. Eso somos como país también, el daño sin tregua al cuerpo de las travestis. La huella dejada en determinados cuerpos, de manera injusta, azarosa y evitable, esa huella de odio.

Y si aún quedan algunas dudas de la calidad de este trabajo, pueden ir a Spotify o a Youtube a escuchar en la sección “Libros de cuarentena” de La Negra Vernaci, la lectura sentida que hace de estas páginas.  

Rocío – IG: @repartir_poesia