El rock ha muerto (otra vez)

El rock ha muerto (otra vez)

Los fundamentalistas de la nostalgia y las bandas que demuestran que el rock está más vivo que nunca.

Por Tomás Pelaia

No es novedad alguna el tópico de la muerte del rock. Si hemos escuchado al menos diez o quince temas del género, alguien se nos ha acercado y nos ha avisado que lo mejor ya pasó. Se nos ha hecho tan común como tema, que cabría creer que desde aquella maravilla chamánica que fueron los tres días del festival de Woodstock en 1969, no hemos asistido a otra cosa que no sea el largo e interminable obituario del rock.

El gen nostálgico

Este capricho con el pasado no es cosa exclusiva del género. Es común a la gente que mira con recelo el futuro. Nos hemos cansado de oír esta perspectiva: “eso sí era tango”, “la música antes era otra cosa”, “en mi época había que caminar treinta kilómetros en la nieve para ir a un recital”. La cuestión con esta obsesión por lo que ya pasó, es que es tan común que a veces la pasamos de largo. Hemos escuchado morir el rock innumerables veces y no lo hemos visto ninguna; el rock es como Mirtha Legrand, cada dos por tres nos avisan que obitó y, al final, resulta que está más viva que nosotros.

Pararse frente al caudal musical actual y sólo mirar hacia atrás, es lo mismo que celebrar productos únicamente por el hecho de que vienen del exterior. La nostalgia del rock es un cipayismo temporal: Mario Gerardo se planta en la primera fila del Teatro Ópera en agosto del 2014 y levanta la vista hacia el escenario, donde está por tocar Eruca Sativa. No empezaron todavía y jamás los ha escuchado. Mario Gerardo agacha la cabeza y suspira: “Rock era el de antes”.

Hay una seria resistencia hacia lo nuevo, hacia el avance. Quedarse con Led Zeppelin, Deep Purple, Hendrix y los Doors es seguro. Es cómodo, no falla. Pero hay más por conocer: nuevas bandas, nuevos géneros, nuevas temáticas y problemáticas para abordar. Y “nuevo” quizás sea relativo en un mundo tan apurado por revolearte una novedad encima, pero un buen aviso de que la cuestión nostálgica no tiene importancia sea que ni a los mismos ídolos del rock les importa: si seguimos discutiendo la muerte del rock, seguimos olvidándonos de vivirlo. Y mientras hacemos una tertulia interminable sobre si pasado o presente, Robert Plant y Jack White hacen “The lemon song” de Led Zeppelin acá en el Lollapalooza del 2015. Josh Homme y Dave Grohl hacen equipo con John Paul Jones y forman Them Croocked Vultures en 2009. Sí, y nosotros seguimos polemizando sobre las distintas “eras del rock”.

El género

El rock ha sido esta cosa gigante y camaleónica que nos ha acompañado durante toda la vida, seamos asiduos seguidores o público casual. Como género resulta bastante indefinible y abarca música tan lejana y dispar como pueden ser Elvis y Coldplay o Janis Joplin y Oasis. Quizás la marca unificadora sea la cuestión de la rebeldía, que ha pasado épocas de mayor y menor seriedad y compromiso político a lo largo de la historia.

Es justo también mencionar que el rock ha tenido un desarrollo distinto en nuestro país, y que ha siempre sido una de las lanzas con las que hemos denunciado las injusticias que nos ha tocado padecer; desde el terrorismo de estado hasta la vida medio partida que nos dejó los noventa. Hablar de rock en la Argentina es hablar de política también.

Lázaro y el rock que revive

La cosa es contraria a como nos la plantean; movimiento es vida. Si el rock se quedara quieto, moriría, pero por suerte anda correteando por ahí. Reformulándose, ya sea en mensaje, formato o simplemente sonido. Aquellos que señalan que ya se inventó todo, se muerden de bronca; y aquí algunas pruebas: la actualidad del rock, en constante roce con otros géneros, ha permitido la conformación de proyectos como Royal Blood, dúo fundado en 2011 en Brighton, Inglaterra, que es una banda que sólo consta de bajo y batería. Foals, liderada por el místico griego Yannis Philippakis, hace una extraña mezcla de alternativo con math rock que suele apoyarse en los tiempos musicales de la electrónica. La compositora y cantante australiana Tash Sultana se sostiene sola; usando un looper y su virtuosismo como guitarrista, se da el lujo de prescindir de una banda. Acá en Argentina, el rock nunca tocó el freno. Todo lo contrario. La movida universitaria y joven de La Plata ha nutrido una escena rock que ha sido siempre fuerte: Él Mató a un Policía Motorizado, Isla Mujeres y Peces Raros son sólo algunos de los ejemplos. La banda cordobesa Eruca Sativa, formada en 2007, es uno de los experimentos musicales más interesantes y potentes de los últimos tiempos. Los mendocinos Usted Señalemelo fusionan ritmos y géneros desde 2008; se les nota lo ceratiano a la legua. Y es un pecado no mencionar a Marilina Bertoldi, hermana menor de Lula Bertoldi, y a Barbi Recanati, pioneras de la movida indie alternativa del país.

Conclusión

A veces es difícil entender tal manía para con el pasado. Pero es justo reconocer que en los seres humanos hay un tironeo nostálgico: es el ojo reconociendo las cosas buenas. Es la memoria que nos atrae.

Es por eso que la comida de la abuela tiene un sabor irrepetible; es por eso que algunas golosinas eran más ricas; es por eso que recordamos con cariño los dibujitos que mirábamos de chicos y nos parecen vacíos de sentido los que se emiten ahora: crecemos y hay cosas que caducan para nosotros. No somos los mismos que miraban “La vida moderna de Rocko” y “El laboratorio de Dexter”.

Con el rock sucede lo mismo. Ha cambiado y nos ha cambiado. Nos alejamos de algunas de sus facetas y vemos nacer otras. Y está bien. Es lo que nos marca que está vivo; que evoluciona. No negamos que “T.N.T.” de AC-DC nos hace cabecear, pero celebramos que pudimos superar la fase arcaica del rock en la que únicamente triunfaban los varones que cantaban sobre sexo y cosificación y reforzaban estereotipos deleznables.

El rock ha sido siempre antisistema; es bueno verlo crecido y hablando de las cosas que hay que hablar. Sí, el rock está bien vivo.

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