El rock de las musas

El rock de las musas

Innovación, brujería, demonización y la mujer como sujeto protagonista del rock.

Por Tomás Pelaia

Por distintas cuestiones históricas y sociales, la zona de desarrollo femenino en el rock ha sido tradicionalmente limitada a un par de áreas: la mujer como fuente inspiradora y la mujer como tema del arte. Mientras los ídolos masculinos van a parar directo a las remeras que reboleamos en recitales y nos colgamos del pecho, las mujeres del rock han sido sistemáticamente invisibilizadas y resistidas. 

Un poco de historia

Las musas son, según la mitología griega, las divinidades inspiradoras del arte. Hijas de Zeus y Mnemósine, están usualmente asociadas a Apolo, dios olímpico de la música y las bellas artes. Hasta ahí todo bien.

En un principio se las conoció como ninfas (criaturas de la naturaleza que rondaban de fiesta por los bosques), pero más tarde el panteón se redujo y quedaron sólo nueve para adorar: Calíope, Clío, Erato, Euterpe, Melpómene, Polimnia, Talía, Urania y la favorita de todos los que amamos Les Luthiers, nuestra querida Esther Píscore (o  Terpsícore). La mecánica propuesta por los griegos era simple: si uno deseaba hacer arte y no se le caía una idea, bien podía invocar alguna musa y pedirle auxilio. Euterpe se nos aparecía para susurrarnos alguna idea maravillosa al oído y hacernos, en el acto, artistas. La idea persistió y la seguimos usando hoy en día.

La herejía de innovar

Esta noción se hizo tan carne que todos la hemos escuchado al menos una vez; desde escritores salvados de un bloqueo, hasta músicos que rompieron el rock con un riff nuevo e inimaginable. Desde Beethoven hasta los Stones; todos tocados por la varita salvadora de una musa que viene a hacer lo que solos no pudieron. La posibilidad de que una figura mágica se encargue de saludarnos con un poco de inspiración es una idea reconfortante y agradable. Sólo que no lo es.

Es en este contexto de lucha social, llevado adelante principalmente por el movimiento feminista, que debemos al menos repensar ciertos conceptos viejos que han envejecido mal; la idea de la musa, si bien romántica y atractiva, tiene una contraparte real que ilustra una historia de invisibilización: la mujer entendida como canal del arte y no como sujeto.

“Las musas del rock”, cosa que hemos leído mil veces, arrastra la perspectiva tradicionalmente instalada de referirnos a la mujer como una criatura cuya única función es estar siempre a disposición de un hombre. No es un dato menor que ni las musas ni las ninfas tengan equivalentes masculinos; en el imaginario griego representan los ideales de lo femenino, la pureza y la virginidad. Quizás haya sido el gran James Brown, padrino del soul, quien puso el foco justo en la cuestión con el tema “It’s a Man’s Man’s Man’s World”. Si lo hizo desde la creencia o desde la denuncia, eso es terreno de interpretaciones.

La categorización de “musa” ha sido largamente mal usada como elogio cuando no ha hecho más que cimentar otra de las ideas que supuran del sistema patriarcal: la musa, y por extensión la mujer, es un elemento inspirador de pasiones, dador de luz, pero jamás protagonista del arte que inspira. Dentro de la mecánica musa-artista-arte, el rol femenino es relegado al de herramienta; un dispositivo a través del cual el artista masculino es capaz de acceder al arte. Este aparente elogio no es más que una clara señal del lugar subsidiario que ha pretendido dársele en el arte: desde un inicio se concibió que la mujer era incapaz de poseerlo.

La demonización de la mujer en el rock

Ante la herejía de la innovación femenina, el hombre ha incurrido en la excusa de la demonización: desde la cacería de brujas y Juana de Arco en la hoguera hasta las damas de la ciencia que fueron disimuladas por la historia oficial, el paso al frente por parte de alguna de ellas fue sistemáticamente castigado. Es llamativo el caso de Manuelita Sáenz, la revolucionaria ecuatoriana que salvó la vida de Simón Bolívar en más de una ocasión y que los historiadores se encargaron deliberadamente de excluir de la historia grande de América;  Bolívar se refería a ella como la “libertadora del libertador”, y nosotros, doscientos años después, apenas la reconocemos. La violencia ha tomado variadas formas, y una de las más efectivas ha sido la omisión de su impacto histórico.

El caso de Mamie Smith quizás sea revelador: fue ella, afrodescendiente nacida en Cincinnati el 26 de mayo de 1883, quien grabó la primera canción de blues de la historia (“Crazy Blues”). Fue un 10 de agosto de 1920, cuando aún faltaban cinco años para que naciera BB King. La grabación se dio casi por casualidad; la cantante Sophie Tucker enfermó y Smith entró como reemplazo de última hora. Este single pionero impulsó la aparición de nuevas cantantes afroamericanas que consiguieron hacerse un lugar en un mercado prominentemente blanco. Entre ellas estaba Bessie Smith, quien se convirtió en la cantante más reconocida de su camada y sería más tarde apodada “emperatriz del blues”. El 26 de septiembre de 1937, mientras viajaba a un concierto en Clarksdale, Misisipi, sufrió un grave accidente de tránsito. Debido a la pérdida de sangre fue trasladada de urgencia, pero ningún hospital blanco la recibió. Murió desangrada en la ambulancia un día más tarde.

Todo este espacio secundario que se ha pretendido para la mujer en el rock ha arrojado incontables mitos. Historias que durante años hemos repetido como loros. La incomodidad que produjo Anita Pallenberg con su sexualidad abierta, llevó a que se la convirtiera en una de las responsables morales de la muerte de Brian Jones; desde entonces se la vinculó con la brujería y los demonios (incluso en su actividad laboral se le entregaban ese tipo de papeles). En 1979, un extraño episodio en la casa de Keith Richards, en el que murió un joven llamado Scott Cantrell, terminó de sellar este imaginario. Por su lado, Yoko Ono, fue entronizada como dama absoluta de la discordia, al punto de que “Yoko Ono” se ha convertido en una forma denigrante de señalar a quien produce división o conflicto. Si Yoko tuvo que ver o no en la separación de los Beatles, es anecdótico. Lo que destaca es esa curiosa facilidad que ha tenido la sociedad para señalar el error femenino y castigarlo con denuedo. El único pecado del que podemos culpar a Yoko, es su canto y el cover más horripilante de la historia de la humanidad (que no es poco logro): “The Great Gig in the Sky” a Pink Floyd.

Llegó la hora de reevaluar las cosas. Todos nos reímos de la Britney pelada de 2007; no nos pusimos nunca a pensar en la explotación de la feminidad como producto, en la salud psiquiátrica ni en la libertad artística. Revisemos conceptos, que el mundo griego ya caducó.

Las musas se hacen de musas, y así le hacen bien a la música, innovando como Mamie Smith y rompiéndonos el pecho como Janis Joplin, Amy Winehouse o Nina Simone. Escuche con cuidado: las musas no son del rock. Es al revés.