¿Dónde están las feministas?

¿Dónde están las feministas?

Mucho se ha hablado últimamente sobre la baja representatividad de las mujeres en el nuevo Gabinete de Nación. La realidad es que sólo 2 mujeres integran el grupo de 20 Ministros en esta reestructuración luego de las PASO.

Por Belén Lambert

No es irrelevante, teniendo en cuenta que la participación política de las mujeres en Argentina ronda cifras del cincuenta por ciento. Además, contamos con la Ley de Paridad de Género en Ámbitos de Representación Política, la cual establece que las listas de candidatos a diputados, senadores y concejales deben componerse de forma intercalada entre mujeres y varones en los cargos de titulares y suplentes, con el fin de asegurar una misma cantidad de personas de ambos géneros. Más allá de dejar de lado a las disidencias, esta legislación de 2017 restituye un derecho a la participación negado por mucho tiempo a las mujeres, y ha sido respetado en las boletas en las últimas elecciones.

No pasa lo mismo cuando dirigimos la mirada a los puestos de responsabilidad ejecutiva, y no hablo sólo de Argentina: contamos únicamente con 21 mujeres jefas de estado en todo el mundo, cifra que siguió bajando con el retiro de Ángela Merkel en Alemania. Si salimos del ámbito de la política, tampoco mejoran las cifras: en Argentina sólo el 20 % de los cargos directivos están ocupados por mujeres. Estos cargos suelen ser del campo de la Educación y la Salud, en los cuales la inserción de las mujeres es mayor que la de los hombres, por lo que la competencia seguiría siendo dispar.

Todo nos lleva a hablar del  “techo de cristal”. Este término comenzó a usarse en 1986, en The Wall Street Journal, para designar esa barrera invisible que limitaba el ascenso de las mujeres en el mundo de los negocios. Resulta que pasaron los años, pero aún hoy sigue existiendo la brecha salarial, la diferencia en el número de puestos de responsabilidad en las empresas, y el reparto desigual de tareas que se extiende del hogar al trabajo. Las mujeres seguimos reclamando que se tengan en cuenta los méritos profesionales y la capacitación, y se nos sigue tomando bajo el prisma de la emotividad, que no nos permitiría tomar decisiones importantes de forma objetiva, o pensando en una posible falta de compromiso por las cargas familiares que debemos asumir, como queda marcado al preguntar por nuestro estado civil en las entrevistas laborales. Lo más complicado de este fenómeno, y también a lo que se debe su nombre, es que aquellas imposibilidades de ascenso aparecen veladas, disimuladas, y por esto mismo es tan difícil superarlo.

No se trata sólo de aquello que las mujeres tenemos para aportar, que es distinto y seguramente complementario a lo de los hombres, sino de las aspiraciones y proyectos personales de cada persona, que no tendrían que verse limitados por una cuestión sexo-genérica. ¿Por qué estamos pudiendo cuestionar estas cosas que estaban tan naturalizadas? ¿Por qué, asimismo, se atacan y banalizan estas luchas mediante burlas como las que vemos en redes sociales con el prefijo “dónde están las feministas”?

Creo que lo que más molesta de este movimiento político y social feminista que defiende derechos, y que denuncia situaciones de acoso y hostigamiento, es que esté haciendo estallar la división entre lo “público” y lo “privado”. Así se ordenaba el poder simbólico y material desde el comienzo de los tiempos, promoviendo a los hombres a salir de sus casas para trabajar y decidir el destino de sus familias, y a las mujeres para quedarse en el hogar y cuidar de aquellos varones importantes en la sociedad. El feminismo molesta porque quiere romper estas delimitaciones arbitrarias, porque quiere que las mujeres nos podamos ubicar a la par de los hombres, compitiendo de igual a igual, o mejor dicho, compitiendo en una diferencia más justa y equitativa.