1º La Hoguera

1º La Hoguera

Ya estaba todo listo para comenzar el ritual, sólo bastaba que llegase el momento de determinación perfecta para encender la llama. Habían pasado cuarenta y ocho horas desde la primera dosis, ya era hora de continuar.  

Prendí un cigarrillo de lavanda y asomé la cabeza para que la lluvia finita me moje la frente y me desdibuje los pensamientos. El aire húmedo entraba en mí y subía hasta tocar fondo y sentirse enorme, para salir desesperadamente y volver a entrar bombeando al compás de mis latidos, cada vez más acelerados. En un último suspiro me entregué. Apagué el cigarrillo y entré a la habitación.

Había guardado las pastillas en el último cajón del placar, aquel que esconde lo interpela al alma, lo que es tan secreto, tan propio, que corrompe. Dentro del cajón había recuerdos de mi abuela, como su pañuelo de seda con puntitos y una estampita de aquel Jesús, al que ella rezaba todas las noches para que nos vaya bien en la vida y vayamos al cielo. Dentro de una caja con fotos antiguas, estaban las pastillas, impunes, envueltas elegantemente en papel de seda.

Desenvolví las pastillas y las llevé a mi mesita de luz. Me acosté en la cama, Cerré los ojos, y suspiré. Luego de unos minutos, y bajo un impulso de ahora o nunca, me coloqué dos pastillas debajo de la lengua, me volví a acostar y esperé, sin saber qué esperar. Había repasado varias veces las instrucciones y visualizado el procedimiento, pero en ese momento me entregué a la incertidumbre. Por momentos miraba el techo, por momentos cerraba los ojos. Cada segundo era más pesado y más amargo. Las pastillas se deshacían en mi boca y formaban una pasta densa, cremosa, amarga que me colmaba la boca. Tragué. Y entonces simplemente di paso al tiempo.

Ahí estaba sin poder controlar nada. Pensé en las veces que creí imposible estar fuera de mi propio control, que ilusa. Estaba navegando lento entre oleadas de pensamientos cuando sentí energía, una vibración gélida que subía desde mis pies hasta mi portal. Sentí que me quemaba de lo fría que era. Imparable, psicópata, me llevaba al extremo, me desgarraba dulcemente el cuerpo y el alma.

En un dolor narcótico, me hundí entre fluidos y pasaron vidas enteras. Gritando con todo mi cuerpo sentí como se deslizaba por mi vagina, arañando sus paredes, mientras mi pelvis latía en orgasmos que atravesaban la piel, esfumando el límite entre el dolor y el placer. Con cada latido expulsaba certezas y me preguntaba si habría un final.

-No es tu momento- Le dije entre lágrimas, con el cuerpo temblando y el alma con certeza orgullosa de la veces que ardió en la hoguera.

Entonces cerré los ojos, y el tiempo me iluminó el camino hasta llegar. Mirando mis manos ahora rojas, pensé en la estampita de la abuela y parafraseé, casi con su mismo tono: Quien esté libre de pecado…

Por @lamagiadelamaga